Cada tarde, al llegar a casa ellas me esperan ansiosas, por mi parte, cuento los minutos para estar a su lado y fundirnos entre besos y abrazos. Antonia queda obnubilada por mi presencia, y a mí simplemente, se me cae la baba. Hoy fue muy especial, la pulguita se encontraba mirando hacia afuera, prendida desde lo alto de los autos que pasaban en la esquina, cuando de pronto escucha mi voz. “¿Dónde está mi pulguita?”, pregunto en alto, y ella, desesperada tratando de zafarse de la cortina que se empecinaba en retrasar nuestro reencuentro, corre a mí con los brazos abiertos. En su rostro se imprimió una expresión de infinita alegría y bienestar. No me logro explicar, o tal vez convencer, cómo es posible que mi presencia llene tanto un espacio, y cómo, una persona pueda depender a tal grado de mí, un poco intimidante, pero, dichosamente intimidante, no se puede explicar muy bien. Esa es una de las tantas alegrías de ser padre, mi mundo y prioridades han cambiado, ya no volverá a ser el mismo y tampoco lo pretendo. Sin embargo, en esta loca carrera de la paternidad, lo que queda, lo que suma, lo que prevalece, siempre es la sonrisa ancha de mi Antonia, sus brazos extendidos, su guatita pronunciada, sus piernecitas rellenitas, sus pequeñas manitas, en fin, toda esa personita que llegó a de improviso a nuestras vidas.Sin duda es una difícil elección la de ser padre, pero al fin de cuentas, es una bendición, bendición que se enriquece cada día, y que cada día se atesora más de la cuenta.
Supongo que el tiempo pasará. Ayer soñaba con conocer a mi Antonia, con acariciarla y mimarla, con sostenerla en mis brazos y verle reir, hoy sueño con la persona en la que se convertirá, en los logros que acumulará y en las tristezas que ensombrecerán su andar. Espero hacerlo bien, de a un paso cada vez, y sumando, ya llevamos un añito, un hermoso añito. Gracias hija mía, gracias mi pulguita por llenar nuestros días con tu presencia, gracias Antonia José.



