jueves, 15 de octubre de 2009

Motor de partida

Estoy teniendo problemas con el motor de partida -entiéndase en el sentido coloquial de la frase-. Hace unos días comuniqué esto por un conocido medio y la mayoría de los comentarios (en buena) obedecían a un cuento de la edad, que revisara el carnet, que recordara el año de mi nacimiento y cosas por el estilo. Pensando en eso, es probable que tengan razón, pero contrario a lo que plantean, hasta el momento con mis 31 años no he experimentado ninguna crisis por la edad tenida, y espero no experimentarla tampoco. Lo que sí tengo asumido es que el tiempo pasa, inevitablemente corre tras nuestro hasta finalmente alcanzarnos.

Volviendo a lo del motor de partida, debo reconocer que igual me estoy acostando un poco más tarde que lo habitual, pero no lo suficiente como para andar con sueño y sin ganas, lo que me dura hasta como las 10 de la mañana. El día de hoy fue diferente, hasta en la tarde anduve medio amodorrado. Esto ha sido más frecuente de lo habitual, de hecho ya había escrito algo parecido hace algunas semanas atrás (http://masqueuncomentario.blogspot.com/2009/08/ojeras.html)
Sin embargo, el cuento ha llegado a un punto medio crítico, el día lunes por ejemplo, me despertó el citófono del departamento y no mi despertador, me avisaban desde portería que me estaba esperando el colectivo que me lleva hasta el bus de acercamiento al trabajo todos los días, pero ya era demasiado tarde, me quedé abajo. Ayer, en un intento desesperado por engañar al despertador, lo ignoré hasta 20 minutos después de que este sonó. Hoy, se repitió nuevamente la historia pero el despertador sólo me otorgó 15 minutos más de sueño.

Ya en el trabajo, los cafés resultan insuficientes, y cualquier lugar se me hace cómodo para dormir. ¿Será la falta de azúcar?, ¿serán las canas que se asoman presurosas en mi cabeza, las que vienen acompañadas con una carga extra de cansancio? Sólo espero que pase pronto, que exista alguna especie de pastilla o botón de arranque que eleve mis revoluciones y mi potencial diario. Claro que al fin de cuentas, espero lógicamente que este sea un proceso normal.

Dormir más, esa parece la solución, dormir más y descansar cuando se pueda. Mientras tanto, pienso en seguir dejando pasar las horas del día, que termine cuando tenga que terminar. Finalmente, llegaré a casa a disfrutar de mis mujeres, eso me eleva el ánimo y el espíritu.

Mi motor de partida parece estar simplemente averiado, y sin solución aparente, por el momento.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Chilenos clever

Ya que estamos tan apartados del resto del mundo como chilean people que somos, en un rinconcito de difícil acceso, muchas veces somos ligeramente conocidos o tienden a confundirnos simplemente con un ají o con un famoso grupo de rock. Y por eso tal vez, nuestro afán de mantenernos apegados al resto de la civilización. Y por eso tal vez, nuestro afán de agregar a nuestro vocabulario palabras o frases anglosajonas, para demostrar así, que estamos in dentro de la palestra mundial y no out.

Un conocido mío, pronto echará a andar su negocio de nombre “By the way”, que dicho sea de paso le deseo el mejor de los éxitos; al preguntar el por qué del nombre, me contestó que está comprobado que las marcas en inglés pegan más, por lo menos por acá. ¿Por qué?, ¿acaso somos tan prejuiciosos que podemos llegar a limitar nuestras elecciones, o en este caso nuestra capacidad de consumo, al nombre de turno del local? Un tanto extraño de nuestra parte.

Estas frases en inglés o palabras sueltas, han reemplazado a nuestro tan querido español chilenizado, instalándose como una jerga con palabras o frases clave, listas para su uso. He aquí algunas muestras de lo que digo, para ver si me hago entender, ok?
Ø Ya no rotulamos a alguien vivaracho o sagaz de bakán, ahora decimos que el tipo es clever,
Ø No preguntamos ‘cómo te fue en la oficina’, ahora preguntamos ‘cómo te fue en la office’,
Ø No preguntamos por la familia, preguntamos por la family,
Ø Nos quejamos por la falta de time,
Ø Vamos a los after hours o a los after office,
Ø En nuestra tv se mide el rating,
Ø Cuando es necesario, guardamos los prints de pantallas,
Ø Existen servicios express por todos lados,
Ø Nuestro paso por algún hotel, motel, hostal o lo que sea, queda registrado con un check in y un check out,
Ø Nos mandamos mails,
Ø Aprovechamos los Sale off,
Ø Estamos plagados con servicios que ofrecen delivery,
Ø Algunos desubicados se proclaman con un low perfil,
Ø Viajamos en vehículos arrendados en un Rent a car,
Ø Llamamos a los Call center, o a los Contact center.
En fin, la lista sería interminable.
En honor a la verdad, debo dejar constancia de que mi fijación no obedece a desconocer las bondades de aprender otro idioma y utilizarlo como es debido, pero una cosa muy distinta es cubrir con retazos lingüísticos nuestra propia identidad. Mejor sería, digo yo, acuñar frases o palabras propias, que reflejen certeramente nuestra idiosincrasia, sin necesidad de acudir a emulaciones forzadas de otras lenguas.

Estas frases o palabras pueden convertirse, en las manos de especialistas cultos y agudos, en las mejores herramientas para definir toda una época y, tal como en la literatura, separar las palabras o frases popularizadas, pero efectistas, de aquellas que no pasan de meros modismos. Me pregunto entonces, mirando con una perspectiva bastante amplia hacia adelante, cómo se nos definirá en unos 10, 20, 30 o 100 años más, en el mejor de los casos, pensando optimistamente, me imagino leyendo el titular de la revista “What`s happening” (otrora “Qué pasa”): “Los clevers de principios de siglo”

lunes, 14 de septiembre de 2009

Juntitos

La vida nos sucede, dando paso a preciados momentos que se nos aferran indeleblemente...

martes, 8 de septiembre de 2009

Los Amigos

De los amigos de épocas pasadas quedan pocos, o casi ninguno. Nos dispersamos. Algunos como yo, se casaron y se mudaron a otras comunas, otros a provincia, y los más osados a otros continentes. ¿Qué pasaría si nos juntásemos? El tiempo ha pasado ciertamente y las prioridades de cada uno son otras, las circunstancias son opuestamente diferentes en algunos casos. ¡Qué manera de seguir rumbos tan distintos! A pesar de aquello, me gustaría creer que la amistad prevalece, de hecho, muy puntualmente lo he comprobado. Por otro lado, son estas cosas las que importan en la vida, aunque en ocasiones, este discurso no me convence.

Últimamente he retomado el contacto con algunos, y debo reconocer que lo catalogaría como infructuoso, siempre las conversaciones terminan coronadas con el infaltable “deberíamos juntarnos”

El tiempo sigue pasando y nuevos amigos, que comparten los intereses del momento, se nos han unido. Con esto no quiero decir que para mi los amigos son desechables, sin embargo, uno tiende a hacer comunidades con quienes comparten intereses similares o con los que tienes mayor afinidad. Hablando de intereses, estos van cambiando, los de ahora son muy distintos a los tenidos hace diez años atrás, siendo uno más joven, soltero y con ganas de simplemente pasarlo bien. En este sentido, los amigos de la infancia, no son los mismos que los de la adolescencia, los que tampoco son los mismos que en la juventud o en la adultez. Algunos duran y con estos se queman etapas en conjunto, pero debo confesar que en mi caso, tengo muy poco contacto con los otrora personajes con los que compartía el tiempo.

¡Cómo olvidar la casita Wendy! Hace poco, en una conversación con la Cri, recordamos el episodio aquel, éramos 10 adentro de una casa pequeña, que era de la hermana menor de una amiga. En ella arreglábamos el mundo alrededor de papas fritas, bebidas y un tequila compartido con limón y sal, buena música y risas interminables, cada uno con sueños que nos abultaban los bolsillos. Tratábamos de alargar el tiempo lo más posible, presos dichosos del momento ¿Qué será de todos? Con una de ellas tengo contacto desde Italia gracias al Face, con otro desde España.

Es un tanto extraño reparar en cómo se dan las cosas, pensar que con alguien que hace algunos años atrás tenías algo en común, ahora nos unen solamente recuerdos, vagos recuerdos a veces, buenos o malos, de un tiempo no necesariamente mejor que el de ahora, pero de un tiempo ya pasado al fin de cuentas.

Cómo hemos cambiado – reza la cancioncilla de los Presuntos – que lejos ha quedado aquella amistad…

lunes, 24 de agosto de 2009

Desconocidos

Por lo menos para el hombre es un tanto extraño andar con un bebé a cuestas en la calle. Lo que me pasó ayer lo ratifica y lo confirma como una experiencia un tanto extraña. Al parecer los bebés en la calle y en poder de uno – el padre -, resulta una especie de visa para conversar con las personas con las que nos atravesamos en nuestro viaje, especialmente para las personas del género contrario, y con las que en otras circunstancias, no atravesaríamos ni la más mínima palabra. Mientras los más osados se atreven a hacerle alguna gracia casi imperceptible a nuestro bebé, ellas no tienen reparos en hacerle abiertamente alguna que otra gracia y además exclamar “que ricura!!!”, o, “me la comería!!!”

Por lo general, suelo ser bastante introvertido cuando transito en la calle. No miro a la gente con la que me cruzo o a las que llevo más próximas, trato de no entablar conversaciones de ningún tipo, y sólo en caso de necesidad, consulto lo justo y necesario a algún extraño, no por falta de interés - o tal vez sí -, sino simplemente por mi veta antisocial. Pero ayer fue distinto, de partida me atreví a salir de la casa sólo con mi hija Antonia a hacer un trámite. En la casa, mi esposa dispuso de todo lo necesario para llevar a cabo esta osada travesía. Debo comentar que tanto el trámite como el viaje no eran largos, pero por ser la primera vez, me parecía un tanto audaz de mi parte. El asunto es que me atreví y salí, sólo con mi hija.

Para los padres que están acostumbrados, esto no debe significar una tarea tan grande ni memorable como para comentarlo, y la verdad, puede que tengan razón. Pero dejando de lado este hecho, lo que más me llamó la atención de este viajecito, fue lo que comenté en un comienzo. El hecho de que los bebés resultan ser una especie de visa para entablar conversaciones con desconocidos, conversaciones que van de lo trivial - como la ropa, el color de los ojos, la mirada fruncida o del “parece que tiene sueño…” – hasta enterarme del nombre de la compañera de colectivo, de su estado civil, de que su esposo no quiere tener hijos todavía, que tiene 34 años y que toma pastillas anticonceptivas por un largo tiempo ya, por lo que a la hora de decidir tener familia, tendría que ir primero a su ginecólogo para que le aconsejara algún tratamiento, de que los familiares les hostigan con la llegada de un nieto o sobrino, en fin, cosas que no compartirías de buenas a primeras con alguien, mucho menos con alguien que conoces por primera vez, y en un colectivo como me sucedió. No te das cuenta, simplemente la conversación sucede como algo normal y cotidiano, y debo comentar que por más que trates de evitarlo, simplemente ocurre y no te das cuenta de cómo te involucras y de cómo, a medida que vas avanzando, sigues interactuando con más desconocidos.

jueves, 20 de agosto de 2009

Ojeras

Mientras Rod Stewart canta por millonésima vez en la radio uno de sus acompasados e interminables temas, mi agonía sigue creciendo. El reloj acaba de marcar las 11:30 de la mañana. Hoy no coordino, el monitor del pc tiene forma de almohada y la silla de colchón. Todos quieren que les preste la cara para algo, debido a que no puedo disimular las abultadas ojeras con las que amanecí, prueba irrefutable de la mala noche dejada ya atrás.

Lo peor es que en días así, la espera se eterniza, el tiempo se alarga como sin fin, y la hora de salida burla mi reloj. Ya voy en el tercer café de la mañana y es como si fuese inmune a su efecto. Mi compañero me habla y me habla y simplemente le veo mover la boca, tratando de imaginar lo que me resulta incomprensible. No quiero saber nada más de fallos, de ordinarios ni de tediosas resoluciones exentas, no más por hoy por favor que me quiero devolver a mi casa, a mi cama, y disfrutar de una buena siesta que me saque la modorra que ando trayendo a cuestas. Ahora es el turno de Simply Red en la radio. Son las 11:50 de la mañana. La tarde se resiste a llegar, pero queda menos…

viernes, 31 de julio de 2009

Reconciliación

Hoy se me apretó el pecho y se me angustió el alma, un hecho en particular me hizo retroceder un poco en el tiempo, trayendo a mi memoria recuerdos dolorosos, dormidos y quietos, pero siempre dispuestos a nublar la visión. Sin duda un recuerdo dormido, obligadamente tal vez.


Creemos que los supuestamente sepultados malos recuerdos, ya no nos pueden alcanzar, ya no nos pueden lastimar de ninguna forma. Pero ahí están, a la espera de nuestra atención. Brotan confusamente en un comienzo, y luego la claridad devuelve un golpe certero, eficaz, mostrando un episodio siempre presente. Recuerdos de esta clase, nunca se apartarán de nosotros, nunca los podremos eliminar y es definitivamente porque no podemos, porque forman parte de nuestra existencia, de nuestro currículo. Ahora hablo de esto tan abiertamente por primera vez, los expongo a este universo virtual, sin ningún ánimo de condescendencia o lástima. Hoy retrocedo, hoy me desprendo del luto guardado rigurosamente en mi inconsciente, para cruzar la vereda y observar estos episodios, ahora reconciliados, ahora en paz…


Lo esperamos con ansias. Bastante aprensivos por el mal desenlace de su anterior hermanita. Esta vez fue diferente, le oímos sus latidos, releímos sus medidas en los informes médicos y seguimos su progreso atentamente. El doctor nos tranquilizaba, el doctor no nos permitía pensar otra vez en un mal desenlace, “es una probabilidad muy remota – nos decía –“y eso nos calmaba, nos permitía pensar con claridad y tal vez, adelantarnos un poco en el tiempo, soñando el momento de tenerlo en nuestros brazos, para acariciarle, conocerle y calmar sus llantos. Creo que alcanzamos a comprarle algunas cosas que hasta hoy mantenemos como testigos silenciosos de su paso por nuestras vidas.


Fue un mal año, durante ese mismo mes a mi abuela le diagnosticaron una enfermedad muy avanzada y a esas alturas incurable. Sólo le otorgaron cuidados paliativos para calmar sus fuertes dolores. La vi postrada en su cama, compañera de años, luego en una cama especialmente adaptada para ella y su condición. Le di de comer. Enredaba sus manos con las mías untándoselas con una crema de agradable olor, que a ratos, nos mentía haciéndonos pensar en tiempos más halagüeños. Le acariciaba lentamente sus blanquecinos cabellos. Le vi adelgazar en extremo. Fui testigo de cómo su cuerpo se consumía lentamente. También le vi reír, esbozar sonrisas y vi cómo se le aclaraba la mirada. Al principio ella pensaba que se curaría, nadie se atrevía a decirle lo que pasaba, por miedo, por protección, no lo sé. Pero un día, se dieron cuenta los hijos de lo esencial que era esto en este maldito proceso, y se lo informaron. Me cuentan que reaccionó con total lucidez, como si hubiese sabido desde el comienzo a lo que se estaba enfrentando, y se apoderó de ella la serenidad. Finalmente, no podía hablar. Recuerdo una ocasión en la que le hablé por teléfono, no querían pasarme con ella, por lo obvio, pero solicité hablarle de todos modos, simplemente hablarle. Por el otro lado de la línea sólo se escuchaban sus balbuceos, te quiero mi viejita - le repetía con urgencia-, mientras se aceleraba a ratos su respiración.


Ese mes transcurrió lentamente, los días eran pasmosos y cargados de malas emociones, hasta que llegó ese sábado. En nuestra casa Daniela se venía sintiendo mal del día anterior, llamamos a su doctor que no estaba disponible y luego a la matrona que nos sugirió reposo absoluto. Y así estuvo hasta el sábado, las contracciones llegaron lentamente y luego fueron evidentes. Ella con miedo, con su mirada a ratos perdida tratando de asimilar todo, de ver cómo se repetía lo a esas alturas ya inevitable y silenciosamente esperado. Yo impotente, con miedo y frustración. Dieron las 7 de la tarde de aquel sábado y haciendo todo el esfuerzo posible, le acompañé al baño. Al sentarse, se desprendió nuestro niño, así fue, simplemente abandonó su cuerpo y nos dejó con una tristeza absoluta. Ella desesperada se ovilló gimiendo y gritando desconsoladamente. Intenté contenerla, lo intenté, pero todo me parecía demasiado. En un momento de lucidez, pensé que era lógico rescatar a nuestro hijo del agua, por lo que lo saqué, lo puse en mi mano y le observé en silencio y entre sollozos. Lo envolví en papel aluza y lo dejé dentro de una cajita para llevárselo al doctor. Lo escondí en mi bolsillo del chaquetón.


En el hospital me di cuenta de que esto no era necesario, el doctor ni siquiera quiso mirarlo por lo que nuevamente lo escondí en el bolsillo aquel. Fue una noche larga, triste, solitaria y lejos de la familia a la que necesitaba con urgencia. Ella en pabellón pasando frio producto del nerviosismo, la angustia y la anestesia, y yo esperando. Como a las 5 de la madrugada el doctor me dijo que no era necesario esperar, que tenía que salir de recuperación y que todo había salido bien, que me fuera a casa a descansar un poco y que mañana podría verla. Que con calma nos mandarían a hacer unos exámenes para buscar algún problema en nosotros.


Luego de ese fin de semana, yo volví a la rutina y ella volvió a casa con reposo por un par de días que se convirtieron en semanas. Desde el principio fui consciente de la presencia de mi hijito en el bolsillo de mi chaquetón, al que no me atrevía a sacarlo y mucho menos a dejarlo tirado en cualquier lado. Hubo días de locura en los que pensaba que le enseñaba cosas y que me sostenía la mano mientras caminábamos juntos, hubo días de claridad en los que me obligaba mentalmente a deshacerme de la cajita, pero no me atrevía.


A mediados del mes siguiente, una madrugada de jueves como a las 4 sonó el teléfono, no podía ser nada bueno. Era mi madre avisándonos de la muerte de mi abuela, de mi vieja. Fue extraño porque no tuve reacción, no me embargaron sentimientos, por un momento quedé en blanco, estéril de emociones. Todo el tiempo expectante a que ocurriera ese desenlace, lo que no sirvió de nada. Finalmente nadie se encuentra preparado para una noticia así, menos cuando se trata de alguien tan querido, tan cercano, alguien que era parte de mi historia.


Su carita dentro de esa caja era distinta, más no lo suficiente como para no reconocerla. Ahí estaba mi viejita, la que me regaló una biblia pequeña color marrón cuando tuve aquellos tan lejanos 12 años. A la que acompañaba en caminatas eternas. La que me dejó en más de una oportunidad, olvidado en algún lugar, por lo que se devolvía con una cara llena de aflicción. Ahí estaba mi viejita, madre de 5 hijos, dueña de un limonero que regaba todas las tardes. Ahí estaba mi viejita, la abnegada precursora. Ahí estaba, adentro de ese cajón frio e impersonal, adornado con flores en el busto.


Se cumplieron rigurosamente los rituales de la muerte y a su funeral asistieron muchas personas. Algo poco asombroso conociendo cómo era ella. No podía ser de otra forma. La fuimos a despedir a un parque cementerio cerca de árboles y cerros. Era un frio día a mediados de agosto. Y fue ahí cuando aprovechamos el lugar. Lo habíamos conversado previamente con mi amada esposa y creímos que era el lugar idóneo para despedirnos también de nuestro hijito guardado en el bolsillo de mi chaquetón. Nos apartamos imperceptiblemente del grupo que rodeaba a mi vieja, mientras la llovizna nos daba en la cara. Miramos a los demás desde lejos lamentando aquel despreciable momento. Nos agachamos cerca de una arboleda. La tierra estaba húmeda por lo que la tarea fue muy fácil. Ahí enterramos a nuestro puntito, lo tapamos con un poco de tierra y pasto. Ahí dejamos a nuestro hijito, al que ya le teníamos nombre. Nos dimos un apretado abrazo y lo lloramos larga y quedamente, nos dimos un momento para despedirnos, y lo hicimos con el corazón en la mano, guardando mentalmente el lugarcito aquel en el que siguió durmiendo.


Nuestro puntito quedó en ese parque, cerca de mi viejita, bajo esos árboles milenarios y protectores que los cobijan. Su recuerdo ahora está quieto nuevamente, ya no daña, y se mantendrá en paz.