martes, 25 de mayo de 2010

Tom y Jerry

Jerry comiendo su queso de las 17 hrs. Tom con una lima en sus manos. Ambos en batas bordadas con sus respectivas iniciales en el pecho.

J: ¿Tú crees que nos volverán a llamar cuando termine esta temporada?

T: No lo sé, llevamos años al aire y es la primera vez que nos acusan de ser violentos.

J: Dicen que no somos aptos para los niños. Que les creamos una especie de instinto…

T: Violento Jerry, instinto violento.

J: Eso, justamente.

T: ¿Y tú crees esa falacia?

J: La verdad no mucho, aunque no me queda claro. En la última escena, creo que era innecesario el rifle.

T: Mmm, puede que tengas razón. Yo también encontré innecesario el azadón de ayer. Tendré que releer los guiones para ver si les hago algunas modificaciones antes.

J: ¿Y cómo crees que lo tomarán William y Joseph?

T: No tengo la más mínima idea, pero imagino que deberían entender, como cuando hablé con Joseph y le pedí que me cambiaran el nombre. No soportaba que me llamasen Jasper, me crié con un siamés que se llamaba igual, francamente indeseable.

J: No me des la lata Tom por favor, ya bastantes guiones tengo en mi cabeza como para pensar en algo más. Pero tienes razón, probablemente también hable con ellos.

T: Puede que los encontremos de buenas. A todo esto, te contaré que son cada vez más las cartas que me llegan por lo mismo ¡Y a mi casa! No entiendo cómo consiguieron dar con mi dirección.

J: A mí me pasa lo mismo, vamos a tener que conversar seriamente con los productores también.

T: Le pediré a Claus que agregue algunas cláusulas en mi contrato.

J: ¿Claus?

T: Mi manager.

J: ¿Y qué pasó con Lillian?

T: La muy estúpida olvidó llamarme para una audición en Broadway.

J: Imperdonable.

T: Cierto, desde que firmó con tu pariente aquel, dice que no da abasto.

J: Nunca me simpatizó. Cuéntame cómo te va con Claus y recuérdame pasarte una tarjeta de mi manager, hasta ahora no me ha fallado. Aunque tú sabes cómo es la cosa tratandose de ellos. Además, creo que soy desesperadamente su mejor opción, así que no podría fallarme aunque quisiera.

T: Es probable. Te lo agradezco.

J: ¿Puedes pedir que me traigan más queso por favor?

T: Bueno. Aprovecharé de traerte los habanos que te prometí ayer. Están muy buenos. Recién llegados. Me los envió mi primo el cubano.

J: Me ahorraste recordártelo. Pensé que lo habías olvidado.

T: Quedamos en eso entonces. Conversaremos con William y con Joseph. Sería patético que en el futuro fuésemos recordados por ser monos violentos. Imagínate la comidilla que se armaría en mi familia.

J: Toda la razón Tom, tus parientes siempre han sido un poco excéntricos. En todo caso, más patético aun, si acaso es posible, sería que más adelante nos parodiaran en una serie de monos en donde una familia viera en la tv monos que se atravesaran los ojos con palos, o que se molieran entre ellos y se reventaran.

T: Ja, ja, ja, Jerry, qué cosas se te ocurren…

Tom se levanta y sale del set. Jerry come su último bocado de queso recriminándose mentalmente una vez más por su sobrepeso.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Paradigma

Vivimos en una sociedad llena de paradigmas, la atención al cliente por ejemplo es uno de ellos, sigue repetidamente un hilo conductor que de lo bueno pasa a lo mediocre, y de lo mediocre a lo pésimo, siendo este último el que se repite con mayor frecuencia, sin desconocer las excepciones que existen.

Probablemente sea uno de los poco afortunados (sin ningún ánimo de insidia pero si de ironía), ya que la mayoría de las atenciones recibidas como cliente rayan en la mediocridad o en la mala gestión. En ese sentido la inoperancia generalizada es bastante evidente. Basta con darse una vuelta al supermercado o al mall para caer en cuenta de lo antedicho.

Me refiero por ejemplo a cuando te atienden en medio de una animada conversación de colegas, y te hacen sentir como el desatiando que llega justo en el clímax de la conversación, como si no se pudiese retomar ésta más tarde desde donde se dejó y seguir con lo que realmente les correspondería hacer, por lo menos en ese momento, que es, brindarte una buena atención de modo atento, que sea agradable.

Qué decir del los vapuleados Call o Contact Center, finalmente Centros de Llamados para la supuesta atención al Cliente, en donde necesariamente tienes que repetir la misma historia que te aqueja o la solicitud que requieres, porque al ejecutivo de turno seguramente le interrumpimos la última jugada del Solitario Spider, lo que es peor, luego de repetir una vez más nuestra historia, ahora lentamente como para hacernos entender de una buena vez, son ellos quienes repiten efusivamente su discurso, previamente preparado y al parecer, aplicable para todas las posibles situaciones, el que finalmente no hace más que dejarte con una sensación de enorme disconformidad, todo el esfuerzo para nada, como si hubiésemos estado hablandole a una puerta. Para colmo, antes de introducirte en el llamado, una vocecita previamente grabada y de modo cordial pero a la vez amenazante, te señala que la llamada podría ser grabada para mejorar la calidad de atención; cuántas llamadas grabadas, cuántos problemas registrados ¿para qué?. Finalmente es un círculo vicioso que se repite frecuentemente.

Al otro lado de la vereda, están los legendarios negocios de barrio, en donde te tratan por nombre, brindándote una atención más personalizada, haciendote sentir como parte de la casa, lo que evidentemente no es. Sin embargo, son aquellos detalles los que crean un lazo, un clima dominado por algo más que una mera transacción comercial.

Por lo menos en el negocio de mi barrio sucede así, al entrar me reciben con un saludo cordial, dejan sus cosas de lado para dedicarte de su tiempo en forma exclusiva, le regalan un dulce a mi hija el que espera con ansias siempre porque ellos mismos la acostumbraron, y cosas por el estilo. Dichos negocios, almacenes, tiendas, emporios, factorías, etc., se destacan en la atención de los anteriores, en ellos se sigue rompiendo la tácita regla de la mediocridad en la atención, el negativo paradigma que se ha entablado en nuestra sociedad hace un tiempo ya.

jueves, 29 de abril de 2010

Recuerdo

… Hace cuánto tiempo ocurrió?
Años, ya no lo sé con certeza. Se confunde.

Y duele aun?
A veces, claro que en ocasiones duele más.

Por qué?
No lo sé, simplemente sucede.

Hasta cuándo crees que seguirás así?
No lo sé, son sólo malos momentos. Supongo que tendré que acostumbrarme a ellos, cosa que todavía no hago.

Silencio.

Cuentame, por qué nunca lo has enfrentado como debe ser?
Y qué se supone que debo o debí hacer?

Imagino que conversar.
Para qué?, lograré borrar lo ocurrido?

No, pero te aliviarás.
No lo creo, ya no vale la pena.

El rumor del viento en los árboles afuera. Olor a café recién hecho. Una lágrima, dos, tres. Sollozos reprimidos.

Tienes miedo?
A veces de recordar, de mirar hacia atrás. Me canso, quiero seguir sin esa sombra. Supongo que las cosas habrían sido diferentes. Me imagino que con el tiempo no será más que una fea anécdota, cosa que todavía no lo es. Maldito tiempo que no avanza como debiera. Maldito recuerdo.

La lluvia comenzando a golpear las calles. El viento. Olor a café. Una lágrima, dos, tres...

viernes, 2 de abril de 2010

Ausencias

Es increíble como pasa el tiempo, realmente no nos damos ni cuenta cuando ya estamos sumergidos en la corriente de nuestra vida, cuando nos dejamos llevar por las opciones tomadas, poniendo atrás los recuerdos, más que recuerdos, momentos que se atoraron tras nuestra partida. Las personas a nuestro alrededor, las que nos acompañan, van mutando junto con nosotros.

La opción, la decisión del rumbo a seguir, es personal e intransferible. Decidimos a conciencia, considerando todas las alternativas a nuestro haber. En algunos casos, lo que debería ser una decisión, es el sólo hecho de haberse dejado llevar, el resultado de un estado de inercia. Sin embargo, cuando decidimos tomar el protagonismo, lo que para nosotros es válido entonces, no necesariamente lo será para el otro, que probablemente quedará relegado o que dará un paso al lado, o atrás, motivado por una actitud displicente al hecho de tratar de comprender nuestro rumbo.

Es ahí, más temprano que tarde, que al reparar en los que ya no nos acompañan, cualquiera sea el motivo, nos damos cuenta que son irremplazables, para bien o para mal. En ese sentido, la ausencia de quienes quisimos y seguimos queriendo, deja un espacio que pretendemos llenar. Por otro lado, existen ausencias que nos pasan desapercibidas, que se diluyen en la corriente del tiempo y en las que reparamos a veces. Estos son a quienes, y como parte de las tantas decisiones tomadas, dejamos a un lado y proseguimos.

Sin embargo, existen ausencias que pesan, que nos duelen. Los motivos de estas pueden ser diversos pero qué más da, simplemente no están. Quisiéramos compartir con esas personas importantes para nosotros, los momentos de los cuales están hechos nuestras vidas. Quisiéramos pretender que las circunstancias son otras, las ideales, para poder reencontrar y finalmente unir los caminos perdidos, esos que nos encontraron alguna vez, o de los que salimos juntos.

Hoy entristezco por aquellas ausencias, hoy me pesan. Las recuerdo a la distancia.

Hoy lloro la ausencia mi sangre, pero sonrío a la vez porque ésta se extiende.

lunes, 29 de marzo de 2010

El mar

En medio del conmoción instalada en el país desde hace unos días ya, nos permitimos escapar a la playa el miércoles 17 de marzo. Comenzamos nuestro viaje y llegamos al Puerto de San Antonio en donde almorzamos, terminando el día finalmente en el Tabo. Fue un buen día en el que disfrutamos también de la muy grata compañía de la familia. Algunas casas y calles daban cuenta de la situación. Un hotel se encontraba espectacularmente partido en dos, se había vaciado de pasajeros y trabajadores, ahora estaba en ruinas, era un espectáculo simplemente impactante, lo más probable es que ya a estas alturas lo hayan demolido.

Fuimos al mar con la ilusión de que Antonia se encontrara por primera vez con aquella colosal creación. Estábamos ansiosos, atentos a su reacción. Nos imaginábamos que le agradaría tremendamente ya que a ella le encanta jugar con arena. Para nuestra sorpresa, a Antonia no le agradó mucho caminar descalza por la gruesa arena pero le impactó el mar, trató decididamente de meterse al agua, lo que por supuesto se lo impedimos.

Paseamos, conversamos, tomamos once con el sol fundiéndose en el inmenso mar, anaranjando todo.

Fue un buen día, memorable, suficiente. Llenó de energías el regreso a nuestras respectivas rutinas. Necesitábamos recargarnos de algún modo, acuñar buenos recuerdos para utilizarlos a lo largo del nuevo año laboral.

En la inmensa maraña de cosas pendientes, de cosas por hacer, de situaciones inconclusas, de anhelos displicentes, todos necesitamos de días como éstos, días que nos permitan continuar, días que nos aparten un poco de la realidad, que nos ayuden a soportar la vida, para que duela menos a veces. No necesariamente por el hecho de tener vidas poco satisfactorias, sino por la simple necesidad de hacer una pausa, y lo conseguimos cuando escapamos de nuestras rutinas, cuando tomamos rumbos a parajes que en ocasiones nos son desconocidos y que sin embargo nos atrevemos a cruzar, es más, nos ilusionamos anticipadamente por el hecho de estar en ellos, para luego recordarlos reconfortadoramente.

domingo, 28 de febrero de 2010

Réplicas

Viernes 27 de febrero de 2010. Eran aproximadamente las 3 y media de la madrugada cuando casi imperceptiblemente escuché un sonido extraño en la negrura de la quieta noche. Nada acontecía, nomas que los típicos sonidos de automóviles a la distancia y alguna que otra sirena destellando a lo lejos. No comprendí acerca de la magnitud del siniestro sino hasta pasado un par de danzantes segundos en los que el ruido fue acompañado con un movimiento en aumento. No tuvimos mucho tiempo de pensar, solo nos vestimos con lo que teníamos a mano, tomé a Antonia en los brazos y me lancé a la entrada del departamento. Daniela me seguía detrás. Al llegar a la puerta, comprendí que el evento era más fuerte que lo esperado y que lejos de terminar seguía, ¡y en aumento!
Comenzaron a caerse las cosas dentro de la casa y en ese entonces, me decidí por la idea de bajar por las escaleras del edificio. Para nuestra sorpresa, los pasillos ya estaban llenos de vecinas en estado de histeria, obstruyendo un poco el paso. El descenso fue rápido y acompañado de un gran destello a la distancia que fue seguido por el corte definitivo de energía eléctrica, quedamos amparados sólo por la luna, que afortunadamente esa noche estaba llena por lo que no anduvimos tan a ciegas en ningún momento. Al llegar abajo y volverme hacia donde supuestamente estaba Daniela, me encontré con la sorpresa de que no estaba. Un poco desesperado volví sobre mis pasos cuando de pronto, la escuché bajando por las escaleras gritando mi nombre y el de Antonia. Traté de tranquilizarla gritandole para que supiera que estábamos abajo y pronto la ví venir hacia nosotros. Nos abrazamos un par de segundos y corrimos hacia la plaza. Lo peor era que la tierra seguía con su siniestro movimiento bajo nuestros pies, no entendíamos el por qué, y luego nos enteramos de que el siniestro fue el mayor del que se tenga registro en la historia -8,8° Richter y cerca de 2 minutos y medio de duración, en otras regiones fue de 9° Richter-. Los departamentos nos expulsaron a casi todos los residentes a la plaza interna, en donde se formó una especie de camaradería colectiva, todos preguntándose cómo estaban, todos ayudando, socorriendo a mujeres y niños, trayendo frazadas, mantas, linternas, cortando el suministro de gas, organizando grupos para estar alertas frente a eventuales réplicas.
La luna nos acompañó fielmente, testigo silencioso de lo ocurrido. Daniela retuvo una crisis que se le venía encima. Mi cuñado Pablo nos fue a buscar para llevarnos a casa de mis suegros y en la calle, todo a oscuras, se respiraba un ambiente de caos, los semáforos y las lumbreras públicas no funcionaban, varias calles estaban agrietadas. Estuvimos por allá unos tres días, compartiendo los temores de la situación.
Las réplicas no nos han dejado hasta el día de hoy, jueves 11 de marzo. Esta mañana nos sorprendieron 3 fuertes réplicas, el mayor de 7,2° Richter. Se dio alerta de tsunami desde la cuarta a la décima región del país. En la tv muestran a las personas corriendo en estado de pánico. En estos momentos habla el nuevo presidente indicando que se está estudiando un nuevo toque de queda ahora en la ciudad del epicentro, Rancagua.
Los expertos nos sorprenden vociferando que las réplicas nos acompañarán por aproximadamente 2 meses, lo que significa que tendremos que acostumbrando. Pero eso no es lo peor, lo peor son las miles de muertes, hombres y mujeres, bebés, niños, jóvenes, adultos, ancianos, a quienes lamentamos profundamente.
Réplicas y más réplicas, movimientos subterráneos que nos sostienen en un estado de miedo constante, que nos enrostran la incertidumbre de la vida, esta, la que no tenemos comprada, la que no nos pertenece.

martes, 23 de febrero de 2010

Decepción

Las decepciones a veces llegan en frío, cuando creemos sentirnos inmunes a ellas, acorazados en un sitio supuestamente cercado e impenetrable. No es que tenga la arrogancia de creer que en algún punto los papeles nunca se invertirán, y seré yo quien sorprenda a otro, o a otros, con alguna decepción. Sin embargo, el sólo hecho de ser decepcionado, crea una corteza invisible, y a la vez indeleble. No deseo ser desproporcionado ni agudo en mi apreciación, ya que como me dijo Daniela, decepción es una palabra demasiado grave para ser utilizada con ligereza.

Con lo anteriormente dicho, prosigo.

La decepción nos marca desde ese punto cero en que somos concsientes de la misma, y condiciona la relación hacia quien resulta ser nuestro agresor, y tal vez, condiciona cualquier otra interacción que nos atrevamos a forjar. Nos convierte un poco en ermitaños, atrapados en un mundo lleno de aprensiones, de condicionamiento constante hacia los demás. Como escribió una amiga, nos mantiene a la defensiva (http://kementaris.blogspot.com/2010/02/la-defensiva-creo-que-una-de-las-peores.html)

Lo peor del caso, es que las palabras dichas y escuchadas, pasaron a formar parte de mi almanaque mental. Forman un indeseable episodio imposible de borrar a estas alturas. Las disculpas vendrán, tal vez, el apretón de manos, quizá, y por qué no, el abrazo como un sello redentor. Pero las palabras ya fueron usadas, malamente elegidas, y ahí estarán.

Lo escrito no nace del simple rencor, en mi caso eso sería demasiado osado y por lo demás, no está dentro de mi catastro personal. Por el contrario, nace del hecho de sentirme simplemente decepcionado, nace de la rabia de haber dado aquel primer infructuoso paso, de la estupidez de escuchar mis palabras fluir antes que mis pensamientos, como pudiendo leerlas entre cada frase y haber tenido un acto de contrición al final de cada una. Nace del ánimo sordo de descargo, en este medio impersonal y un tanto anónimo. Nace simplemente, de la decepción.