martes 27 de septiembre de 2011

La amarga espera

“La expectación pospuesta enferma el corazón”, qué palabras tan sabias y certeras. Hace muchos años atrás una “amiga” me hizo referencia a dicho proverbio, citado en tantas oportunidades en distintas circunstancias, pero la verdad es que, a pesar de comprenderla bien, no le había captado el sentido, hasta ahora.

Cada uno se enfrenta a distintas cosas que pueden o no, depender de la voluntad propia, sin embargo, cuando esto no es así, y decisiones importantes dependen de terceros, o hasta de cuartos, la cosa cambia. Es ahí cuando nos mantenemos en ascuas por un período indeterminado que depende exclusivamente de voluntades ajenas. Actualmente, y desde hace aproximadamente una semana que me encuentro en un estado de pausa. Tengo nuevas aspiraciones que lamentablemente no dependen de mi persona, lo que me ha sumido en un estado de ansiedad constante. Sigo esperando aquel llamado e imaginándomelo inclusive. Necesito una respuesta definitiva para continuar, para seguir con lo propio de una buena vez. En el proceso he estado a punto de tirar la esponja y descartarlo definitivamente, pero un pequeño halo de esperanza todavía se mantiene vigente.


Por ahí leí que la ansiedad tiene una función muy importante relacionada con la supervivencia, junto con el miedo, la ira, la tristeza o la felicidad, el problema es que esto debería ajustarse a períodos cortos y manejables, pero no... el dolor de guata, de cabeza, un tanto de insomnio, la falta de concentración, la desmotivación a veces, simplemente andar en la luna, todo eso y más, me tiene un tanto cansado.


Cuando pase todo lo que tenga que pasar, espero que deje algo positivo a este, hasta ahora, desagradable estado. Mientras tanto, continuaré con el corazón enfermo, por culpa de la indeseable expectación pospuesta.

martes 18 de enero de 2011

El caballero

Según los cánones de comportamiento social, caballero es una persona que ejerce una conducta permanente que demuestra su educación y buenos modales en una determinada situación social, atávico exclusivamente al género masculino. El equivalente femenino sería dama.

Por otro lado, se puede utilizar para señalar, impersonalmente, la condición de edad avanzada de cierto individuo.

Lamentablemente esta semana en el trabajo, me tocó enfrentar personalmente la segunda aplicación de aquella palabra, luego de que un incidente diera cuenta de mi edad, que si bien no es tan avanzada, sí lo puede llegar a ser desde la limitada perspectiva de un adolecente, o para quien está saliendo de aquella tan corta etapa (comparada con lo que se nos viene después)

Estaba trabajando normalmente cuando requerí una impresión de un documento. La impresora se encuentra arrinconada en un pasillo y es de uso común por lo tanto, hay que acercarse a la misma y tener la precaución de no quedarse con documentos de otros funcionarios. El asunto es que al llegar a buscar mi impresión, se encontraba una compañera nueva de otro departamento esperando las suyas, que al ojo no debe superar los 23 años, así que esperé pacientemente que terminara de recibir sus impresiones, que eran muchas, para solicitarle luego las mías que deberían de estar en medio del abultado legajo que seguía escupiendo la multifuncional. De ello habrán pasado unos pocos minutos cuando de pronto, se acercaron otros 2 compañeros tras la misma tarea. A esas alturas la impresión de la primera compañera ya había terminado y ella estaba ensimismada separando papeles. Cuando finalizó, le entregó las impresiones a los otros 2 que habían llegado hace un momento, y dejó mis impresiones en la bandeja. Percatándose de la situación, uno del grupo le pregunta “¿Y esos otros?” -refiriéndose a mis documentos los cuales había dejado en la bandeja- “Son del caballero” –respondió-…

“Son del caballero”, distinto hubiese sido de haber dicho algo así como “Son de él, que es un caballero” (obviando el hecho de que prácticamente no nos conocíamos), lo que sin lugar a dudas habría preferido por sobre aquella tan etiquetada observación, que para mi gusto rayó en lo peyorativo. Por supuesto el ambiente se convirtió en uno hilarante y bromeamos todos juntos respecto de mi condición de caballero (de acuerdo a la aplicación aludida en el relato). La agresora, percatándose de lo ocurrido se escabulló raudamente para continuar con sus labores, como ajena a la situación, como si no hubiere sido la que tuvo la osadía de restregarle en la cara la edad a un desconocido.

Dicha situación me hizo reparar en que, a pesar de no sentirme tan viejo a mis (a penas…) 32 años, la percepción de la gente respecto a mi persona, sobre todo de las que componen la franja etaria referida anteriormente, es de estar frente a un tata, así de simple, y en esto no tengo el recelo de caer en exageraciones ya que, haciendo un rápido recorrido mental, a esa edad yo mismo tenía esa impresión respecto a personas que estaban alejadas de la mía, la diferencia es que ahora me tocó a mí. No tengo nada contra ello, ya que cada uno es libre de ver las cosas a su antojo pero, inevitablemente me hizo sentir un tanto viejo, no decrépito, pero si me hizo pensar en mi como un adulto un tanto mayor.

Es verdad eso que dicen que la edad va por dentro y todo lo demás sin embargo, al pensar en lo pronto en que llegué a esta etapa, viviendo en la llanura de la línea para luego bajar inevitablemente hacia la vejez, se me aprieta un poco la guata. Así es la cosa, no podemos luchar naturalmente en contra del reloj, no podemos detenerle en la edad y período de nuestra preferencia, lo que sería un descubrimiento sublime y a la vez tan utópico como descubrir la fuente de la juventud. Mientras tanto, y mientras ello no ocurra por el medio que sea, seguiré por la vida como el caballero aquel; acepto dicho rótulo dignamente, casi como una conformidad, o más bien, con recelo a seguir avanzando luego de la presente etapa.

Finalmente, cada período en la vida debe tener grandes hitos a su haber. El hito de un caballero es ese, simplemente, ser un caballero, independiente del contexto.

martes 4 de enero de 2011

Hablamiento chileno

De todos los detalles y características que nos distinguen como chilenos, de todo lo bueno, lo malo, lo regular, lo excelso, lo curioso… creo que lo más asertivo es nuestro vocabulario, que hace las veces de tácito rótulo que nos etiqueta ante el resto del mundo, formando parte de nuestro ADN colectivo. Como tal, forma parte de un especie de submundo del vocabulario.

Sin dudas estamos apartados en el mapa, recluidos en una larga franja de tierra rodeada de mar, de un amplio desierto, de macizas montañas, de imponentes bosques. Sin embargo, nuestro vocabulario nos distingue de tal modo que, aunque no lo quisiéramos, no podríamos pasar desapercibidos ante la analítica mirada de algún desconocido.

Al respecto debo comentar que este no es un tema nuevo ni tampoco pretende serlo, a estas alturas se ha escrito en más de una oportunidad algunos diccionarios y hasta tutoriales para que afuerinos logren sobrevivir a nuestra idiosincrasia, con lenguaje y todo.

Como dato curioso, nuestro coloquial lenguaje este año hizo temblar a la RAE, estableciéndose como un año creativo para el acuñamiento de nuevas palabras chilenas, en donde aportamos destacadas singularidades a nuestro hablamiento, las que se codificaron y definieron en esta prestigiosa Institución.

Mi anterior analogía nace de una particularidad un tanto repetida, ¿contradictorio?, no para mí, tal como lo paso a relatar. Mi hija, de menos de 2 años, cada día amplía más su hasta ahora limitado vocabulario; a estas alturas ya no son palabras sueltas con su aparente sinsentido, fácilmente emplea dentro de una misma oración como promedio entre 3 a 5 palabras. Sin embargo, hace un par de días, grande fue mi sorpresa al preguntarle si tenía sueño, su respuesta, salida naturalmente de su delicada boquita fue simplemente, “No po”, respuesta que quedó flotando en el aire ante mi evidente asombro. Lógico, la adorable chilenita de mi hija, cada día se amolda más a nuestra informal idiosincrasia, abriéndose paso por los intrincados laberintos de nuestra identidad.

El po, o poh, que se define como “pues”, es una palabra que puede ser usada sin discriminación en la mayoría de las oraciones, y al final de estas, para enfatizar una idea, también puede ser utilizada en cualquier tono, en cualquier circunstancia que sea pertinente socialmente, y por qué no decirlo, en las no pertinentes también. Incluso, si no estuviésemos tan concentrados, lo más probable es que a la jueza de turno le diéramos por respuesta un “Sí po”, cuando hace la famosilla pregunta de si aceptamos a la otra persona como nuestra esposa, quien sabe, tal vez en más de una oportunidad ha ocurrido así. El po es nuestro comodín que nace visceralmente en nuestro hablamiento, casi tan nuestro como el Súper 8 (por qué no decirlo)

Nos correspondió vivir y desarrollarnos en esta parte del mundo, adoptando cada una de las cosas que nos hacen únicos, buenas y malas también. Mientras tanto, voluntaria o involuntariamente, mantendremos nuestro hablamiento, renovándolo constantemente con nuevas e ingeniosas peculiaridades. ¡Claro que si po!

viernes 17 de diciembre de 2010

Necesidad colectiva

Hoy quedé estacionado por más del tiempo prudente en una esquina antes de cruzar una atiborrada avenida, luego de que el semáforo peatonal nos diera el verde. Por unos segundos que me parecieron eternos, la multitud me esquivó sin miramientos. Caminaban apurados, con los relojes y el cansancio a cuestas. Las miradas perdidas. Otros con el ceño fruncido. El objetivo generalizado a esas alturas era llegar pronto a casa para disfrutar de lo poco que quedaba del día junto a los suyos, y yo, obstruyendo el paso, a pesar de que mi objetivo era una réplica exacta del de aquellos desconocidos. Pero insisto, fue sólo por unos pocos segundos, aunque tal vez demasiados.

Esto me hizo pensar una vez más en que, comparado con las 24 horas que dura un día, son pocos los momentos que podemos disfrutar con las personas a quienes valoramos de verdad, sin desestimar a quienes nos rodean en nuestra cotidianidad. Los fines de semana se hacen tan breves como el fin de esta frase. Las tardes en días laborales pronto dan paso a la apresurada noche, nos ensobramos para luego, temprano a las 6:30 a.m. en mi caso, comenzar una nueva jornada lejos del hogar.

Me arrebató de aquellas cavilaciones un tanto viscerales un fuerte dolor de cabeza, casi tan fuerte como un certero puntapié en los testículos, el que me hizo volver de un mangazo a la realidad, por lo que comencé a caminar, sumándome un tanto adolorido a la multitud. Es estrés –sentenció el doctor-. Tomaré las pastillas prescritas. Claro que el problema de fondo, según la perspectiva un tanto pesimista que tengo ahora, sobrepasa el ámbito de cualquier tipo de pastillita milagrosa que mitigue en parte el dolor recurrente aquel.

Y entonces llegué a la siguiente conclusión (un año más): necesito unas vacaciones urgentes. Unas que me recarguen para comenzar el próximo año. Vacaciones que sumen retratos de lugares con paisajes sureños idealmente, como los almacenados en mis álbumes fotográficos y en las memorias virtuales repartidas por casa. Ahora mismo necesito estar por aquellos lugares, y no sé si este año seré capaz de esperar hasta marzo, fecha en que tenemos programado salir de vacaciones. Me conformo con la idea media egoísta -debo reconocerlo- de todos los años, la idea de que mientras la mayoría de mis compañeros lleguen al trabajo, listos para comenzar en sus respectivas funciones, nosotros recién nos abriremos rumbo hacia nuestro destino vacacional, un tanto anacrónico a esas alturas del año, pero ideal para nosotros. Esperamos que todo resulte para darnos un merecido descanso.

Esta necesidad de vacaciones se puede evidenciar, tácita o abiertamente, en casi todo momento a estas alturas del año, dentro de las conversaciones que eventualmente podamos tener durante el día, por ejemplo. Y al respecto, casi todos nos quejamos de lo mismo, lo que se ha transformado en algo así como una necesidad colectiva, intrínsecamente instaurada en los meses previos a la temporada estival. Los dolores de cabeza se multiplican, tanto como las contracturas, el cansancio igual, así como las discusiones intrascendentes o los arrebatos sobredimensionados. Y es que, dentro de nuestra humana naturaleza, necesitamos temporadas de ocio, tanto como de trabajo, el problema es que una cosa no compensa a la otra, y los tiempos están mal distribuidos entre aquellas necesidades. En fin, no es mi argumento cambiar la historia sin embargo, sigo pensando, o conformándome, en que ya llegarán nuestras merecidas vacaciones. Ya llegará el momento de despedirme de los compañeros de trabajo hasta un par de semanas. Así como también, ya llegará el día en que aparezca devuelta en mi rutina anual, recargado, con las pilas puestas para comenzar una vez más, marcando los días hasta las próximas vacaciones. Mientras tanto, pretendo no obnubilarme con mis pensamientos, menos cuando en medio de una multitud, mi integridad física puede correr peligro.

viernes 3 de diciembre de 2010

Círculo de la amistad

Si de amistad e incondicionalidad se trata, soy un convencido de que estas cosas no las podemos dar por sentadas, definitivamente. Tomando prestada una frase, a veces pienso en que el círculo de las personas en las cuales podemos depositar desinteresadamente nuestra confianza y de forma recíproca, se hace cada vez más pequeño. Por otro lado, hoy no es posible ser iluso y darnos el lujo de confiar en todo el mundo pero, a veces creo que no nos tomamos el tiempo para sentarnos y evaluar las relaciones que tenemos dentro de los que componen nuestro círculo de amistad. Al hacerlo, sin miedo a caer en exigencias intrascendentes, solemos encontrarnos con sorpresas, desagradables sorpresas que nos hacen replantear nuestras elecciones al respecto, o por otro lado, sorpresas que fortalecen mayormente algunos de los lazos ya creados.

Al respecto, es complicado encontrar el equilibrio, pero es posible. En ocasiones y sin darnos cuenta ni proponérnoslo, cierta situación puede otorgarnos la claridad necesaria para evaluar cada uno, o de una vez, todos los lazos que mantenemos vigentes.

No se trata de esperar cosas que sepamos que no nos pueden entregar, por la razón que sea. Tampoco se trata de esperar lo mismo de cada una de las relaciones de amistad vigentes, ya que los intereses y las personalidades varían en cada caso. Es así como resultaría más asertivo invitar a un amigo a un buen partido de ajedrez, antes que invitarlo a practicar algún deporte. Lo que se repite igualmente en el ámbito de las conversaciones, ya que con algunos tal vez tengamos una conversación fluida sobre el trabajo, y por otro lado, con otros tengamos una apasionada conversación sobre música. Los gustos y tendencias entonces, se hacen tan variados como el número de amigos que tengamos a nuestro haber.

En cuanto a entredichos, siempre más vale la pena prevenir que curar, sobre todo cuando no hemos caido en el error de sobrevalorar la importancia de una buena amistad, o cuando hemos sido correctos en nuestras elecciones. Al respecto, siempre es bueno seguir reflexionando y fomentando los valores humanos de la amistad, para crear lazos, los que a simple vista parecieran tan idílicos como la amistad de David y el viejo Jonathan, de Ruth y Noemí, de Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson, los Tres Mosqueteros, C3PO y R2D2, y así, por ejemplos no nos quedamos atrás.

Mi observación no tiene el objetivo de esperar relaciones perfectas, sin diferencias ni eventuales desencuentros. Para explicarme mejor, se trata de tener un círculo de confianza, independiente de la cantidad que lo componga. Un círculo al cual acudir en caso de cualquier cosa, y con el cual poder contar incondicionalmente. Casi tan utópico como los amigos de la serie Friends, en donde lo que digas no sorprenda, con quienes tengas la tranquilidad de conversar cualquier tema, sin miedo al juicio. Quienes te señalen las faltas proactivamente. Simplemente, un círculo de confianza. Considerando que la amistad es algo que requiere estabilidad en el trato y mucha autenticidad.

Siendo autocrítico, lo que exijo en este aspecto no es más de lo que entrego. Soy esa clase de personas que se considera un buen amigo. De difícil acceso al comienzo, pero con quien vale la pena hacer el intento. Buen oyente y crítico objetivo. Interesado en el bienestar ajeno, tanto como en el propio.

A pesar de ello (tal vez sea un período con fecha de caducidad, espero...), mi círculo se ha hecho pequeño, sin cerrarse a la posibilidad de nuevas amistades, ó, eventualmente rescatar otras un tanto añejas y dejadas al olvido. Distintas situaciones me han hecho ponerme crítico a la hora de las evaluaciones, ¿será que cosas que antes consideraba intrascendentes ahora no lo son?, ¿será que tengo nuevas perspectivas?

Algunos hechos ocurridos recientemente me han hecho valorar más a quienes están realmente a mi lado, a quienes puedo acudir y confiar, quienes me levantarán las veces que sea necesario y a quienes consolaré otras tantas más.

Es difícil etiquetar a las personas, ya que la amistad es intrínsicamente compleja. La amistad implica armonía, buena voluntad y afecto. Pero el intento y esfuerzo constante bien vale la pena. Es gozozo tener la certeza de contar con amigos de verdad, conversar con ellos, pasar buenos ratos, penas y alegrías. Un amigo de verdad es alguien en quien puedes confiar, la confianza mutua a su vez, hace posible la autenticidad, hace posible crear y mantener un lazo, lo que sumado a otras voluntades, crea un círculo de confianza, un círculo de amistad.

viernes 19 de noviembre de 2010

Un expreso doble por favor...

"No me gusta el café instantáneo, y en ese momento anhelaba una taza de verdadero café. Le pregunté al hombre si no había café común, y movió la cabeza en forma negativa. -Éste es un bar de categoría- dijo sonriendo con un costado de la boca, y fue su única explicación" (Mario Levrero, La Ciudad (1970))

Hace poco me topé con este escritor uruguayo y me permití una oportunidad para conocer algo nuevo. Con simpleza en su forma, la historia va cautivando serenamente, sin apuros. Para ser franco, en un comienzo a esta nueva lectura le tuve más paciencia que expectativas, pero al poco andar ya me ha absorto. Aún no sé para dónde va el relato, los sucesos extraños ocurridos no hacen más que amontonar más y más dudas sobre la historia en sí. Es más, ya me he sorprendido fantaseando con dos posibles desenlaces, los que, por un lado me conformarían, o por otro lado superarían mis ahora elevadas expectativas sobre el relato aquel. Como ven, no doy lugar al eventual descontento.

Me sorprendió la cita que parafraseo al comienzo debido a mi necesidad, física y casi psicopática, que tengo de unos buenos cafés al día, los que apaciguan mis dolores de cabeza, o que me permiten un momento de relajo, o me despabilan en el trabajo al comienzo de una tarde perezosa.  Si se trata de un cappuccino, pues venga una buena charla. Un latte antes de una siesta por favor. Pero, y por sobre cualquier otra alternativa, si se trata de un expreso, pues mejor aún, que sea doble.Y así para cada ocasión, memorable u ordinaria, un buen café siempre es bienvenido en mi vida.

En la primera cita con la que ahora es mi amada esposa, por ejemplo, recuerdo un agradable café helado coronado por un interminable cerro de crema y canela en polvo; la crema la abandoné al poco intento y terminó en el paladar de mi amada. Aquel fue un buen café conversado, en donde las horas se detuvieron para permitirnos, simplemente, un momento memorable, al que recurro cada vez que necesito tranquilidad para repasar los detalles una y otra vez, y más me convenzo de que a nuestra historia no le quitaría nada. Bueno, las cosas malas tal vez, aunque pensándolo bien, todo nos ha servido para dar forma a lo que ahora somos.

Por otro lado, en la pega el agradable café de las 11, en donde un pequeño grupo de amigos nos arrancábamos de nuestras rutinas para conversar de la vida o desahogarnos quitándonos de encima el peso de nuestras respectivas labores, las que ya a esa altura del día, nos tenía a casi todos llenos de contracturas. Era una terapia, buena terapia que se echa de menos.

En fin, en el ir y venir de mis días, un buen café, solo -o mejor- bien acompañado, siempre resulta anhelante. Venga entonces una taza de un verdadero café.

Café expreso doble o doppio: Es la extracción de café a partir de, aproximadamente, 14 gramos de café molido en un tiempo entre 40 y 50 segundos.

“Café maduro de aroma nuevo. De grano molido con manos alegres. De tostada ilusión que lo ve nacer”

miércoles 10 de noviembre de 2010

Féminas

Hoy me encontré sin planearlo en medio de una apasionada conversación de féminas en el trabajo, los temas eran variados pero diametralmente distintos a los nuestros. De pronto fue tan evidente mi presencia desatinada impuesta involuntariamente, que una de ellas me quedó mirando como reparando de pronto en mi silencio, y por supuesto en mi presencia. Y no es que eventualmente no haya querido opinar sin embargo, no tenía argumentos que aportar a los distintos temas en debate, aparte de alguna que otra respuesta a preguntas sueltas dirigidas a mi persona.

¿Qué digo frente a una conversación en dónde se discute acerca del pijama, perdón, acerca de la camisa de dormir que se debería usar en la hospitalización de un parto?

¿Podría aportar algo acerca de las pinturas, con sus lápices de labios y todo eso?

¿Qué pudiera acotar, aparte de mis propios gustos personales, respecto de cómo les quedan las pechugas luego de amamantar a sus bebés por unos cuantos meses, o unos cuantos años (exagerando)? Al respecto, los detalles en la conversación fueron muy explícitos, citando la historia de cómo quedó la amiga de la amiga (con ademanes y todo), la mamá de una de ellas, en fin, cuentan con una larga lista desde donde elegir diferentes historias para ilustrar el asunto, agregándole detalles innecesarios.

Claramente, mi aporte no podría haber sido mayor, tal como lo fue en la práctica, aparte de mover un poco la cabeza en señal de asentimiento y comprensión, unas frases sueltas lanzadas al azar, y unos cuantos uhum. Sin embargo, y sin el ánimo de caer en explicaciones freudianas ni mucho menos, fue interesante incursionar aunque sea brevemente, en aquel intrincado mundo -lleno de colores y matices un tanto desconocidos para nosotros- y a pesar de ello, no morir en el intento. Después de todo, por algo somos un complemento mutuo, ¿o no?